Siempre detesté los cumpleaños, o al menos desde que tengo memoria. De mi infancia no recuerdo más que una piñata y haber recibido cerca de un quintal de jabones de baño como regalo, por lo que no me quedó la "magia" que otras personas sienten, ni la costumbre de regalar o recibir regalos. Me parecía fútil, innecesario e incluso ridículo.
Con la adolescencia la cosa se puso peor, y a cada cumpleaños me entraba una terrible "depre", pensando en que este era un año menos de vida y que cada vez estaba más cerca el momento de mi muerte y un montón de pajas más. Eso sumado a mi amargura de viejo prematura, me provocaba esconderme del mundo o salir corriendo a vagar solitario y triste, rechazando cualquier intento de celebración o felicitación viniese de quien fuera.
Hoy mi hijo cumple 5 años y ahora lo entiendo, o al menos una parte. Comprendo que hay personas que son importantes para uno y que el día que estas personas vinieron al mundo es especial por el simple hecho de que estas personas existen. Entiendo que uno se puede sentir dichoso, y tener ganas de celebrar, de alguna forma, porque hay personas que te iluminan la vida y, mal que bien, uno forma parte de sus vidas también, y el aniversario de su nacimiento es el mejor dia para poderles decir: Gracias por Existir. Sigo siendo amargado, no me gustan los regalos ni las fiestas, pero ya no me parecen ilógicas.
Feliz cumpleaños hijo mío.